como las que le lleva su abuela todos los veranos.
Su color favorito es el azul cielo y sus labios son color fresa.
Todos la admiran y esperan lo mejor de ella,
incluso ella misma se exige ser la mejor en todo, absolutamente en todo.
Vive en el campo y le encanta pasear por las noches cuando cantan los grillos.
Si tiene suerte, a veces, puede gozar viendo alguna luciérnaga entre los arbustos.
El suelo está húmedo y sus pies descalzos se hunden en él.
Recorre los campos hasta el río.
Y allí, en el río, mece su pié para asegurarse de que el agua sigue fría.
Juega a deshacer el reflejo de la luna en el agua. Ríe, canta y se calma.
Y amarra su cuello a un collar de cuerda.
Sonríe y piensa en esa sensación de hambre que la hace sentir tan bien, tan vacía.
Cierra los ojos y los aprieta cuanto puede y siente vértigo.
Se imagina colgando, con los ojos en blanco y su vestido azul cielo con un hilo de sangre.
Porque quiere más, lo quiere todo y si no se deshace de su cuerpo no podrá ser perfecta.
Quiere hacerlo y las imágenes se repiten una y otra vez.
Qué hermoso sería convertirse en parte de aquel paisaje...

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